La habitación vacía y el duelo pendiente no acaban la esperanza, señalan
Madres de desaparecidos: el ejercicio desgarrador de reconstruir el pasado
Leticia Hidalgo en la recámara de su hijo Roy, desaparecido en enero de 2011Foto Sanjuana Martínez
Sanjuana Martínez
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Domingo 12 de mayo de 2013, p. 10
Domingo 12 de mayo de 2013, p. 10
El crujir de la
puerta, el olor a encerrado, la casa intacta. Leticia Hidalgo dejó este
lugar hace dos años y medio. Camina lentamente observando muebles,
adornos, el patio, la cocina, los pasillos y confirma que todo sigue
igual, aunque reconoce que ahora su antiguo hogar es lúgubre y triste.
Desde el 11 de
enero de 2011 su vida quedó suspendida en este lugar. Y no quiso volver a
vivir aquí. Sube las escaleras y la primera puerta es la habitación
vacía de su hijo.
Entra a la
recámara, la cama está tendida, con tres globos de corazón por el último
cumpleaños celebrado. Abre el armario y observa su ropa. Sus camisas de
vestir, las camisetas que más le gustaban, los pantalones aún con
etiqueta que no pudo estrenar, el montón de tenis. Allí está su librero,
sus fotos, las libretas del curso escolar de la Facultad de Filosofía y
Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, las cajas de los
regalos que recibió en Navidad y los recuerdos de su querido equipo de
futbol: los Tigres.
El duelo pendiente,
la sensación de desahucio. Esta habitación es su último reducto de
intimidad con el hijo. Los fantasmas pululan por las paredes. El eslabón
perdido, la pieza que falta, el suplicio eterno de la incertidumbre. No
puede hablar, solloza:
No he querido mover nada. Todo sigue igual porque estamos esperando que llegue mi niño, mi flaco de oro. Quiero que vea que todo sigue igual. Es su ropa, son sus cosas, dice queriendo asir cada objeto del hijo ausente.
Aquella noche
aciaga, un comando de 12 hombres encapuchados, con uniforme de la
policía de Escobedo y armas largas, entró a su casa a robar todo lo que
encontraron.
“Era la una de la
mañana. Roy, de 18 años, estaba en su cuarto dormido. Unas horas antes
le había dado el dinero para su inscripción, porque empezaba el cuarto
semestre de la carrera. Empezamos a oír ruidos muy fuertes y pensamos
que eran balazos. Él me gritó:
mamá, llama a la policía, están queriendo entrar a la casa. Yo me quedé inmóvil. No lo podía creer”.
Suspira, el dolor sin tregua no le deja hablar. Respira profundo, sigue:
De pronto los vi en la puerta de mi habitación, eran como 12 y me gritaban que me hincara. Pero yo me les quedaba viendo, reaccioné cuando empezaron a golpear a mis hijos Roy y Ricardo. Se empezaron a distribuir por toda la casa, se robaron todo lo que quisieron: ropa, zapatos, televisores, computadoras, las pocas joyas, perfumes, dinero, saquearon las habitaciones, eran como pirañas, como animales.
Pasaron unos minutos y apareció un hombre alto y corpulento: “Son unosmorros, jefe”, le dijo uno que estiró el cabello de ambos muchachos hacia atrás para mostrar sus rostros al líder.
“Yo le pregunté que
por qué nos estaban haciendo eso y me contestó: ‘Venimos de parte del
gobierno para limpiar las calles. ¡Saquen la droga!’... Yo le dije:
Están equivocados. Mis hijos y yo no tenemos nada, por qué nos están
haciendo esto. ¡Por favor!...”
En ese momento
voltean la cama y le piden a Leticia y a su hijo Ricardo, de 16 años,
que se metan. “Yo pensé que ya nos iban a matar. Abracé a mi hijo y
empecé a rezar. Y luego oímos que decían: ‘Vámonos, vámonos’ y
escuchamos los pasos de todos saliendo de casa. Nos incorporamos y pensé
ya pasó todo, gracias a Dios... Pero me di cuenta que me faltaba mi
otro hijo y grité: Roy, Roy, Roy... pensaba que al bajar las escaleras
lo iba a ver en el suelo, pensé que me lo habían matado, pero no, en ese
momento me di cuenta que se lo habían llevado”.
Al día siguiente
recibió una llamada de un hombre que pedía un rescate de 750 mil pesos,
una cantidad imposible de pagar. Madre divorciada con un modesto sueldo
de maestra, buscó a familiares y amigos para pedirles prestado y
consiguió reunir 100 mil pesos.
“Cada vez que me
llamaban me amenazaban de muerte, me decían que me iban a entregar la
cabeza de mi hijo si no pagaba. Me pasaban a un hombre que no era mi
hijo, hasta que finalmente a los dos días pedí hablar con mi hijo y
gritaron: ‘¿Quién de ustedes es Roy, ojetes?’ Escuché la voz de mi hijo a
lo lejos que decía ‘yo’. Aquello era como un salón con mucha gente,
donde seguramente tenían a los secuestrados. Sólo alcanzó a decirme:
‘Mamá soy yo, te quiero mucho’”.
Leticia siguió las
indicaciones y entregó el rescate en una iglesia: “Hacía mucho frío y
llovía. Estuve 15 minutos afuera de la iglesia, hasta que llegó una
camioneta y un señor abrió la puerta y me dice:
No se preocupe señora, estamos en las mismas condiciones. Aparentemente era una víctima que iba recolectando dinero para los secuestradores”
El trato era que entregarían a Roy en unas horas, pero el joven estudiante nunca más volvió:
Yo tenía ropa preparada, porque se lo llevaron en pantalón corto y playera, llevaba un suéter para que no tuviera frío, pero ya nunca más volvieron a llamar. Ni contestaron mis llamadas.
Vivir muriendo
Leticia Hidalgo
prepara su equipaje. Viaja con un grupo de madres en sus mismas
condiciones. Se dirigen al Distrito Federal, donde van a participar en
la segunda marcha nacional de Madres buscando a sus hijos y justicia.
Viajan toda la noche en autobús.
En su peregrinar
por justicia encontró a otras como ella. Todas van llegando al Monumento
a la Madre. Se abrazan, llevan flores, las fotos de sus desaparecidos
pegadas al pecho, usan camisetas blancas con la leyenda: ¡Vivos se los
llevaron, vivos los queremos!
Hace un año y medio
transformó su desesperación en activismo social y fundó, junto a otras
madres, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos de Nuevo León. Desde
entonces no ha dejado de luchar por la reivindicación de la justicia:
Cada vez que marcho, Roy está presente. Es la manera que mi niño se hace presente. Anda conmigo.
Cinco sujetos
fueron detenidos por el secuestro de Roy, algunos de ellos agentes de
las policías de Escobedo y San Nicolás de los Garza, pero ninguno ha
dicho dónde está Roy. Ahora camina del brazo junto a otras madres y
cruzan Paseo de la Reforma rumbo al Ángel, sonríe, llora de emoción,
grita y acompaña a las mamás en el plantón frente a la Procuraduría
General de la República:
Sé lo que sienten, sé lo que han sufrido, sé cómo las han tratado, porque así me han tratado a mí; enfrentan la indiferencia, la corrupción, la omisión de las autoridades.
Vuelve a revivir
todo. Recuerda cómo se convirtió en detective y descubrió muchas más
cosas que los agentes del Ministerio Público. Incluso se atrevió, junto a
otras madres, a hablar con un zeta, ex policía y desertor:
Nos dijo que en Tamaulipas hay campos donde tienen a muchísimos hombres y mujeres forzados a trabajar. He avanzado más con mis investigaciones. Por eso estoy pidiendo un careo con los encarcelados para preguntarles dónde está mi hijo. No quiero otra cosa.
Va vestida de blanco, lleva tenis, sonríe:
Aquí estamos todas con el mismo dolor. Lo que yo he vivido es lo mismo que han vivido tantísimas de ellas. Y vamos a seguir buscando hasta encontrar a todos los desaparecidos de México. ¿Cómo podemos descansar?, ¿cómo dejar de buscarlos? Es una lucha de las mujeres, de las mamás. Y cada vez somos más.
Leticia regresa a
Monterrey. Abre la puerta de su casa clausurada por el dolor. Quiere
reconstruir la historia de Roy a través de sus fotos. Toma el álbum y va
contando su historia desde que nació. La melancolía, el ejercicio
desgarrador de reconstruir el pasado: “Aquí está recién nacido, cuando
cumplió un año, nadando, jugando a la pelota, estudiando, hermoso con su
barba partida, flaco, flaco mi niño…”
Seguido lo sueña de
bebé y también de 18 años y le pregunta: ¿Dónde estabas? Lo siente, lo
abraza, lo toma de las manos. “Lo más duro es en la noche, cuando tengo
que dormirme. No puedo descansar. Siempre estoy hablando con él. Le doy
la bendición. No se sale de mi pensamiento. La vida que vivo es de zombie.
Nunca estoy al 100 por ciento presente. Siempre lo estoy buscando en la
calle. A veces creo que lo veo. Y lo mejor es cuando lo sueño, pero
luego despierto y no lo tengo, no está. Lo amamos tanto. Todos creemos
que Roy va a regresar y por eso estoy viva. He aprendido a medio vivir.
Este dolor es un dolor que mata sin matar.”

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